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La plaza y el mercado de Bádames
Por Santiago Ruiz Gómez - Febrero de 2005
Antigua plaza de Bádames

    Cuando yo era niño, y de eso ya hace mucho porque tengo 88 años, no existía la  plaza de Bádames. En su lugar había una bolera de pasabolo tablón que dependía de la taberna de Petra Colás que estaba enfrente del ayuntamiento. De allí llevaban las cervezas y los cuartillos de vino que apostaban los jugadores. El tiro se encontraba en la parte del ayuntamiento y al fondo se había colocado una malla de alambre para impedir que los bolos cruzasen a la finca de enfrente.

    Con el paso del tiempo la bolera cayó en desuso y hacia 1928 comenzó a tomar aspecto de plaza cuando el indiano don Enrique Gancedo costeó su cerramiento con una paredilla de unos cincuenta centímetros de altura y sobre ella unos dobles bancos con asiento hacia el interior y hacia el exterior de la plaza. Gancedo también había acondicionado los muros del regato que sale a la fuente. A cambio de la obra de la plaza pidió que se le concediese el terreno de Las Lastras. El pueblo lo aprobó en concejo reservando una parte para que el pueblo sacase piedra, tal como necesario años después para hacer la casa de Rogelio López.

Nueva plaza de Bádames    Hacia 1940 se construyó una tejavana en el fondo con el fin de proteger a los puestos del mercado en los días de lluvia. Manuel el de Caballera hizo los moldes para las columnas y la carpintería. Mi padre, Abel Ruiz García, hizo los trabajos de albañilería.

    Hacia 1947, siendo alcalde Don Ricardo Mier, quedé encargado de echar una placa de hormigón sobre el suelo de toda la plaza y diseñé un templete de forma octogonal cuyas barandillas se hicieron en la herrería del molino de San Pantaleón. La parte inferior estaba hueca con el fin de almacenar los caballetes y tablones que utilizaban algunos puestos del mercado. La parte superior estaba preparada para albergar a los músicos que tocaban los días de baile o los días de la fiesta del pueblo.

    Esta plaza ha sido testigo de muchos acontecimientos, pues como pasa en todos los los pueblos, las novedades siempre llegan a la plaza. De lo que mejor recuerdo guardo es de los espectáculos que montaban los comediantes ambulantes con sus obras de teatro y los animales que les acompañaban, y también de las sesiones de cine de telón que se hacían proyectando sobre una sábana. Lo pasábamos en grande aunque hiciese viento y la pantalla no paraba de moverse.

    La plaza se ha mantenido así hasta no hace muchos años en los cuales se ha remodelado con un aspecto modernista, tanto que muy poco se parece a la que hubo en tiempos pasados.

El mercado de Bádames

Rosario Ruiz, Dolores Ahedo y Julia Cincunegui en el mercado hacia 1955.    Antes de que hubiese mercado en Bádames, la gente de la Junta se desplazaba al mercado de Ampuero. Ello suponía una buena caminata pues los coches escaseaban mucho. Así que cuando comenzó a celebrarse el mercado, los viernes se convirtieron en un día muy especial, casi festivo. Todo el mundo se apresuraba a realizar sus tareas en el campo y dejar atendidos a los animales para acudir a Bádames. Venía mucha gente de todas las partes del valle a comprar o vender y, de paso, a relacionarse o negociar con las gentes de otros pueblos, a hacer gestiones en el ayuntamiento, etc.

    En la parte trasera del ayuntamiento se hacía una pequeña feria de terneros y en la plaza, los vecinos de Voto vendían conejos y gallinas, además de huevos y  los productos de las huertas, alubias y patatas sobre todo, pero tampoco faltaban las nueces, castañas, cerezas y otros frutos según la temporada.
    En la acera del ayuntamiento se colocaba la báscula y Eduardo Collera, que era el alguacil, cobraba las tasas municipales.

    Hubo algunos vendedores que fueron asiduos durante mucho tiempo, así se puede citar a Julita la pastelera, a Dulia la de Cicero, que venía con un carro con toldo y vendía telas. También vendía telas Federico el de Rada. "La molinera" de Ampuero traía frutas, comestibles y revistas. Venían unas fruteras de Santander y también solía haber un puesto de zapatos. El Barbas de Limpias traía plantas y semillas. Nunca faltaba Blanco, el afilador y también acudían unas compradoras que adquirían mantequilla, alubias, castañas y lo llevaban para revenderlo en Bilbao. Lita, la pescadera, y otras pejinas colocaban su puesto enfrente de la plaza, al otro lado de la carretera. En la bajada hacia la fuente el herrero rebajaba los cascos y ponía herraduras a las caballerías.

    No siempre se utilizaba la moneda, pues era muy frecuente el trueque, el cambiar gallinas por zapatos u otras cosas, de tal forma que para algunos vecinos de Voto acudir al mercado no siempre suponía un gasto, sino una forma de obtener otros productos necesarios para su familia e incluso ingresos económicos con las ventas realizadas.

Las mozas de San Miguel van al mercado     A mediodía aparecían los niños. Llegaban a la plaza sin aliento de la carrera que había echado desde la escuela y lo mismo hacían por la tarde, cuando el mercado había acabado, para rebuscar entre los papeles y envoltorios, pues siempre encontraban alguna cosa interesante y de vez en cuando alguna monedilla extraviada.

    Tuvo el mercado mucho auge durante más de treinta años, pero con el paso del tiempo el comercio fue cambiando, se abrieron tiendas en los pueblos y surgió el comercio ambulante que acercaba a las puertas de las casas todo tipo de productos alimenticios, textiles, etc. Ello hizo que el mercado perdiese público, lo que le afectó e hizo que disminuyese poco a poco su interés hasta que desapareció completamente.

    Con el mercado desapareció también un día de la semana en el que los vecinos de la Junta de Voto se encontraban y compartían algo más que comprar y vender.